La columna de Ris


Ricardo de Pascual es Licenciado en Psicología, Máster en Psicología de la Salud por la UAM y Máster en Terapia de Conducta por el Instituto Terapéutico de Madrid.
Compagina su trabajo de clínico y profesor de máster en el Instituto Terapéutico de Madrid con la coordinación de la revista Clínica y Salud (revista empírica del COP) y la investigación en la Universidad Autónoma de Madrid, donde estudia el proceso de cambio terapéutico dentro del grupo de investigación ACOVEO y termina su tesis doctoral. Ha publicado en diversas revistas y congresos.
En colaboración con Bocalán tutoriza el prácticum de Terapia Asistida con Animales que se oferta en la Universidad Autónoma de Madrid y que le ha valido el título de profesor honorífico de la misma; también participa ocasionalmente como docente en los cursos que oferta Bocalán.


El pensamiento

Todos nos hemos preguntado alguna vez cosas como “¿qué estará pensando?” cuando vemos a un perro (o un gato, una vaca, un canguro…) mirando fijamente a algo o ante algo novedoso. Y es que la experiencia de cualquier dueño de una mascota o cualquier persona que tenga un cierto contacto con animales es que sí, efectivamente: piensan.
Esa es también mi experiencia.
Pero, como siempre, el diablo está en los detalles, o más bien en las definiciones. ¿Qué es “pensar”? Esa es la primera pregunta que tendríamos que hacernos, porque todas las demás dependen de cómo la respondamos.
 
Por desgracia, es una pregunta demasiado amplia; han corrido ríos de tinta al respecto, y seguirán corriendo tal vez siempre. Es posible que sea una de esas preguntas que está mal planteada; “pensar”, lo que coloquialmente llamamos “pensar”, son mil cosas distintas. Desde recordar algo o a alguien hasta planear qué harás mañana, pasando por soñar, decidir en qué orden comerás tu comida o darle vueltas a una canción en la cabeza. Así pues, la pregunta “¿piensa mi perro?” está mal planteada, como lo está cualquier respuesta que se le dé que no sea “¿qué quieres decir con pensar?”.
Puede, por lo tanto, que lo más correcto sea irse preguntando por partes si los perros realizan cada una de esas actividades que comúnmente llamamos “pensar”.
Por supuesto, a esto de qué es pensar se le han dado tantas definiciones como corrientes psicológicas hay, y animo al lector interesado a empaparse del tema –que es apasionante-. Yo voy a asumir mi postura de clínico e investigador: el conductismo radical.
Casi oigo a algunos: “¡pero si los conductistas creen que no pensamos! ¡Si ellos dicen que el pensamiento no existe!”. Es otro de esos malentendidos que rodean al conductismo que serían cómicos si no fueran tan trágicos. Por supuesto que los conductistas decimos que el pensamiento existe, ¡sería absurdo negarlo! Donde ponemos el acento es en qué es, de hecho, el pensamiento (Skinner, 1975; Baum, 2005).
Desde los inicios del conductismo se ha relacionado el pensamiento con el habla, comenzando por Watson y su “habla subvocal” (Watson, 1924) y acabando en la conducta verbal encubierta que hoy en día describe al pensamiento desde nuestro punto de vista (Cautela y Baron, 1977; Kazdin y Smith, 1979). Y claro, si pensar es hablar “para uno mismo” y los animales no tienen un lenguaje como tal (aunque puedan tener códigos de señales auditivas y visuales extremadamente complejos no llegan a tener una gramática), no podríamos decir que, en un sentido puro, los animales tengan pensamiento.
¿O sí?
“Pensar” podría no ser solo hablar con uno mismo, sino también autoexponerse de manera encubierta a imágenes, sonidos… estímulos, en definitiva. A menudo se da en humanos el hecho de que una persona se está autoexponiendo a una contingencia concreta y aprendiendo a pesar de no habérsele presentado esa contingencia en la vida real (Kazdin y Smith, 1979; Cautela y McCullough, 1978). ¿Podría pasar lo mismo con los animales? La verdad es que parece plausible (Holland, 1990). Hay un libro maravilloso de Konrad Lorenz –un imprescindible para cualquier amante del comportamiento animal, a pesar de que sus teorías estén superadas-, que se llama “Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros” que os recomiendo a todos. En él, Lorenz cuenta cómo vio a un macho de pez espinoso de su acuario “dudar” al coger a la vez en la boca a uno de sus alevines y un trozo de gusano. Él dice que “si alguna vez vio pensar a un pez, fue ese el momento”: el pez finalmente escupió las dos cosas, se comió el trozo de gusano y por último recogió a su alevín en la boca para llevarlo al nido.
Esto, por supuesto, es solo una anécdota. Eso sí, estoy seguro de que todos los que leáis esto y tengáis animales habréis visto situaciones similares (aunque puede que no con peces). De nuevo, son solo anécdotas y, como suele decirse, el plural de “anécdota” no es “datos”. Pero esto que podríamos llamar tal vez “toma de decisiones” parece posible que también esté presente en alguna forma en los animales. Lo he llamado “toma de decisiones”, pero no es otra cosa que dos programas de refuerzo que compiten entre sí. Parafraseando a Skinner en “Más allá de la libertad y la dignidad” (1986), cualquier conflicto de este estilo –incluyendo al héroe de la película que tiene que decidir entre seguir a su corazón o cumplir su deber- puede entenderse como dos programas de refuerzo que compiten entre sí. Es más, no es solo que pueda entenderse así, sino que debe entenderse así por el sencillo motivo de que es la única explicación que nos permite entender de verdad qué es lo que está ocurriendo.
Pero aún hay un problema tal vez del mismo calibre que el decidir si el pensamiento existe y qué es: una vez decidamos qué es pensar, ¿cómo vamos a comprobar si los animales –u otras personas- lo hacen? La respuesta es muy sencilla: no podemos.
Ante cualquier fenómeno que nos encontremos, podemos hacernos dos preguntas: una metafísica (¿qué existe?) y una epistemológica (¿cómo lo sabes?). Así pues, podemos postular que existe una cosa llamada pensamiento y que los animales lo realizan también… pero, ¿cómo lo comprobaremos?
Lo único que podemos comprobar fehacientemente es lo que vemos o podemos observar directamente (aunque sea a través de instrumentos especializados). Esto significa que sabemos que el corazón late, que determinadas sustancias en el aire nos hacen toser y que, por ejemplo, si reforzamos consistentemente a un animal (y en “animal” incluyo a las personas) por hacer un movimiento concreto, lo harán más a menudo.
Por algún motivo, esto parece insuficiente para algunas personas, que prefieren saltarse la parsimonia científica a la torera y decidir que, cuando una persona actúa, digamos, tímidamente ante los demás es porque dentro de su cabeza hay algo (un esquema mental, un guión social, un heurístico) que hace que actúe así… En lugar de ver su comportamiento actual y pasado y ver que, probablemente, ha sido reforzado por no exponerse a situaciones sociales y por lo tanto estas siguen acarreando una cierta carga de ansiedad. Por ejemplo, vamos.
Con los perros es igual: parece que hay que postular que hay algo dentro que le hace a uno actuar de determinada manera (ideas, conceptos, esquemas). Pero, y aquí es donde está la trampa: ¿cómo sabemos que eso ocurre? Pues como he dicho antes, simplemente no lo sabemos. No podemos comprobar de ninguna manera que esos “procesos cognitivos” existan ni muchísimo menos que tengan un efecto sobre la conducta o, tal vez de forma más relevante, que sean algo distinto de la conducta.
Algunos podrán objetar que si le haces un electroencefalograma a un perro o una persona cuando se le pone ante situaciones difíciles (situaciones de competición entre programas de refuerzo, como decía antes) ves un aumento de actividad. Bien. Nada que objetar. Ahora, ¿cómo se hace el salto desde “hay un aumento de actividad” hasta “hay un razonamiento interior”? Ese salto lógico no puede darse con la tranquilidad con la que gran parte de la psicología moderna y del mundo del adiestramiento lo dan. Simplemente no hay motivos para elegir una explicación complicada cuando hay una explicación sencilla que responde las mismas preguntas.
Hace tiempo leí –no recuerdo dónde- que la concepción tradicional del mundo había recibido dos golpes fundamentales: uno, el fin del heliocentrismo, cuando descubrimos que no somos el centro del universo y que la Tierra no es más que otra bola de materia en un espacio inmenso. Dos, el momento en el que Darwin presentó su teoría de la evolución, cuando descubrimos que no somos especiales ni aparecimos por arte de magia sobre la Tierra. Cuando vimos que todo lo que somos es producto de un proceso gradual y que lo que nos diferencia de los animales no humanos es bien poco.
Pero hay un tercer golpe, y lo dio el conductismo radical: lo que hay dentro de tu cabeza tiene que seguir las mismas normas que lo que hay fuera, y tu pensamiento es conducta. No tenemos una cosa única y maravillosa dentro de la cabeza que hace que las leyes universales se pongan en suspenso cuando se cruza la (arbitraria) barrera de tu cráneo.
Es comprensible que la gente a pie de calle siga pensando que “algo tiene que haber”, porque “es de sentido común”. También es comprensible que la gente que quiere a su perro quiera acercarlo metafóricamente a una persona, y por lo tanto defienda que el perro se diferencia de él o ella básicamente en la cantidad de pelo y en eso de ser cuadrúpedo. También es comprensible que corrientes ajenas al conductismo crean haber descubierto el Mediterráneo cada más o menos cinco años, y vean un avance en traer el cognitivismo al adiestramiento.
Pero claro, el que algo sea comprensible no significa que sea cierto. Si nos fiáramos de lo que nos parece de “sentido común”, seguiríamos pensando que la Tierra está quieta… ¿o es que alguien la nota moverse? Si el querer a nuestros perros nos obliga a acercarlos a nosotros, ¿qué clase de cariño es ese? ¿Es que no puedes querer a tu perro por ser, no sé, un perro? ¿Tiene que ser una especie de niño con pelo? Y por último, a aquellas personas que creen haber refutado la postura conductista les diré, parafraseando a Dawkins, que igual ese problema que creen que han resuelto les parece sencillo y evidente porque no existe; porque han comprendido mal eso contra lo que creen estar luchando. Vamos, que seguro que se ven muy guapos con su coraza y subidos en su blanco Rocinante, pero están cargando contra molinos una y otra vez. Y el espectáculo es divertido, pero también un poco descorazonador.
En resumen: ¿piensa tu perro? Pues sí y no. No piensa en el sentido de que muy probablemente no tiene conducta verbal encubierta –dado que no tiene conducta verbal manifiesta tampoco-, pero piensa en el sentido de que muy probablemente se autoexpone a estímulos sensoriales de manera encubierta. La evolución es un proceso gradual, con lo que lo esperable es que esa conducta encubierta se haya ido dando progresivamente en los animales, no solo mamíferos (por ejemplo, los cefalópodos son famosos por su conducta tan compleja). Pero la pregunta está mal planteada, y a cualquiera que dé una respuesta categórica habría que preguntarle una sola cosa: ¿cómo lo sabes? Y si sólo supones que está ahí, ¿no sería lo correcto ponerte a realizar estudios que lo demuestren en lugar de asumir que tienes razón solo porque es “de sentido común”? 
Skinner dijo algo sobre los ordenadores que creo que viene bien también para los perros y otros animales: la cuestión no es saber si ellos piensan. La cuestión es si lo hacemos nosotros.
 
 
REFERENCIAS
  • Baum, W.M. (2005). Understanding Behaviorism: behavior, culture and evolution. Blackwell.  
  • Cautela, J.R. y Baron, M.G. (1977). Covert Conditioning: A Theoretical Analysis. Behavior Modification. Vol 1, 351-368
  • Cautela, J.R. y McCullough, L. (1978). Covert Conditioning: A Learning-Theory Perspective on Imagery. En The Power of Human Imagination, Singer J.L. y Pope, K.S. (eds). Springer.
  • Holland, P.C. (1990). Event representation in Pavlovian conditioning: Image and action. Cognition. Vol 37, 105-131
  • Kazdin, A.E. y Smith, G.A. (1979). Covert conditioning: A review and evaluation. Advances in Behaviour Research and Therapy. Vol 2, 57-98
  • Skinner, B.F. (1986). Más allá de la libertad y la dignidad. Ediciones Martínez Roca, Barcelona.  
  • Skinner, B.F. (1975). Sobre el conductismo. Fontanella, Barcelona. 
  • Watson, J.B. (1924). The Place of Kinaesthetic, Visceral and Laryngeal Organization in Thinking. Psychological Review. Vol. 31, 339-347.