Con total seguridad, el manejo de la conducta agresiva es la asignatura mas compleja dentro de la modificación de conducta, especialmente cuando trabajamos con animales.

La agresión debe ser entendida como una estrategia, muchas veces incorrecta, que los individuos realizan para acceder o proteger un recurso, disputar ante un oponente sexual, defenderse, como respuesta redirigida del dolor o la frustración, o como una práctica juvenil que pone a prueba las capacidades del individuo para sobrevivir en un combate y salir airoso.

Entender la agresividad como una condición, siempre nos llevará a error y es el motivo del fracaso de muchos intentos de modificación de conducta.

Si bien la agresión resulta imprescindible para la supervivencia en el medio salvaje, grandes dosis de agresión, incluso en ese medio, no resultan siempre muy adaptativas.

Cuando hablamos de individuos domésticos o de especies salvajes que viven en un zoológico, la agresión suele ser una estrategia mal empleada tanto para protegerse de un falso ataque, como para acceder a un recurso y protegerlo cuando no existe necesidad de ello.

Si analizamos la conducta agresiva desde su parte clásica y desde la operante podemos sacar algunas conclusiones:

La activación agresiva y descarga de  adrenalina previa a la conducta motora, se produce muy probablemente por la presencia de estímulos condicionados detonadores de respuestas automático-reflejas entre las que está una cascada de catecolaminas y respuestas condicionadas, mediadas o no por estas, como aumento de la actividad cardiaca y de la presión sanguínea, dilatación de pupilas, piloerección, respuestas digestivas, etc. que predisponen al individuo para un ataque inminente.

El sumatorio de estos estímulos condicionados, y sobre todo las respuestas de excitación que estos generan, suelen construir el estímulo discriminativo de una respuesta operante, gran parte de las veces mediada por un reforzador negativo.

La mordida o el ataque no deja de ser una respuesta motora aprendida, y como tal susceptible de modificación por procedimientos básicos de modificación de conducta. Lo mismo ocurre con la parte automático-refleja, sin la cual no se puede dar la motora. Esas respuestas condicionadas también resultan susceptibles de ser cambiadas por procedimientos basados en el condicionamiento clásico.
Ahora bien, cómo abordar el tratamiento de la agresión :
Descartando cualquier enfermedad o trastorno que pudiera generar este tipo de conductas, como la presencia de un tumor cerebral, nos podemos centrar en los dos tipos de respuestas que se generan :

Desde un punto de vista clásico, en nuestro análisis funcional debemos extraer cuales pueden ser los estímulos condicionados que generan cambios en el individuo .

Qué estímulos detonan respuestas ansiosas, cuales provocan una mayor agitación, cuales generan cambios todavía no agresivos pero que podemos intuir por la observación de las señales que emiten los animales, como un cambio en la posición de la cola, un erizamiento del pelo, modificaciones el el tipo de respiración y en una serie de sutiles cambios corporales que nos advierten de un posible ataque inminente.

Una vez detectados, deberíamos utilizar un contracondicionamiento, revertiendo el proceso y asociando cada uno de estos estímulos a contextos y sensaciones apettivas, ya sea utilizando comida u objetos que generen respuestas contrarias a las de pre- agresión

Paralelamente, y una vez iniciado este proceso de contracondicionamiento podemos intervenir desde la parte operante generando respuestas alternativas o incompatibles con la agresión, una vez estos estímulos esten presentes y antes de que se generen las conductas agresivas.

Para ello, deberíamos poner al animal en momento de conducta y tras la presentación de los Ec dirigir la respuesta hacia otro comportamiento que devengue un reforzador alternativo y positivo; transformando las conductas e intentado conseguir que los discriminativo adviertan de que un reforzador positivo esta disponible, y no así el negativo que operaba antes.

Tenemos la tendencia a ignorar en exceso la conducta adecuada y a fijarnos en las inadecuadas . ¿Cuantas veces el animal o la persona ha estado en ese contexto y no ha agredido? ¿Cuantas horas pasa al día sin generar conductas agresivas ? ¿no deberíamos reforzar aquellas conductas adaptadas, de tal manera que por incompatibilidad eliminen las inadaptadas ?

¿No somos conscientes de que enfrentando la agresión a través de un castigo positivo, muchas veces estamos aumentando la funcionalidad de la misma? ya que si se trata de una conducta generada por refuerzo negativo, el displacer puede ser aun mayor y el animal se plantea la necesidad de un aumento del criterio para conseguir salir airoso
¿Seguiremos mirando hacia el lado incorrecto sin ver este elefante que tenemos en la habitación ?